Monasterios de España



Deja a un lado tus preocupaciones y permítete unas horas de tranquilidad en estos idílicos monasterios de España. Ya sea por sus ubicaciones especiales, estructuras únicas o sus hermosos claustros, estas iglesias lo alientan a desviarse de las atracciones más concurridas.

Te presentamos los monasterios más bonitos que puedes encontrar en el territorio nacional español que no te puedes perder en unas vacaciones o escapada de fin de semana.

Monasterios de España

Introducción a los Monasterios

El encuentro de la arquitectura con la religión ha sido uno de los acontecimientos más felices de la historia en todas las áreas culturales de la tierra. Podría decirse que desde los orígenes, desde las construcciones megalíticas de Stonehenge, la misma arquitectura surge como una necesidad que todas las religiones procuraron codificar, de tal modo que el templo, bien sea el griego, la iglesia cristiana, la mezquita islámica, la pagoda china o cualquier otro ámbito de oración, ha sido durante siglos el hilo conductor de la historia de la arquitectura. En este proceso la arquitectura no sólo resolvió los problemas constructivos de acuerdo con su tiempo y lugar, sino que supo dar a su imagen un sentido sacro que la diferenció claramente de la arquitectura profana.

Sin ser un especialista o un creyente, el interior de una catedral gótica y las poderosas imágenes de los templos hindúes hablan por sí mismas de su condición sacra, es decir, son arquitecturas con carácter, concebidas para servir de marco escénico a una determinada religión, usos, ritos y costumbres que van moldeando el proyecto final. No es cuestión de estilo lo que se ventila en la arquitectura, sino de organización funcional para el mejor cumplimiento de sus fines. Sólo así cabe entender la arquitectura religiosa en todas sus variantes, de tal modo que conociendo la función se comprenda la forma.

A su vez, no cabe duda de que esta misma forma arquitectónica -impregnada de aquel carácter sacro y sin llegar a los excesos interpretativos del romanticismo- algo añadió a la propia religión. Hoy nos resultaría harto difícil concebir la vida religiosa de la Edad Media en Europa si no desfilaran mentalmente ante nosotros sus catedrales y monasterios.

El mundo de la vida monástica en Occidente encarna una de las muchas facetas de la historia de las religiones que necesitó formalizar su propio ámbito vital, especialmente cuando, abandonando la vida solitaria o eremitica, organizó la vida en comunidad en un cenobio o monasterio. Desde aquel momento, arquitectura y vida monástica formaron un binomio inseparable en el intento de ajustar el espacio vital de los monjes a una regla determinada, de tal modo que habrá tantos tipos de monasterios como reglas monásticas.

No obstante, al igual que las distintas órdenes religiosas tienen en su disciplina un núcleo común que comparten para alcanzar los fines espirituales perseguidos, del mismo modo los monasterios y conventos tuvieron un elemento común, podría decirse que invariable e inseparable de su condición monástica, que fue el claustro, es decir, un espacio cerrado en torno al cual se disponen las dependencias del cenobio en el modo, forma y secuencia que cada orden estimo conveniente, desde la iglesia hasta la cocina.

Alli es donde comienza el particular perfil de las órdenes que muy celosamente recogen sus estatutos o libros de costumbres, si bien son muy parcos y a veces mudos a la hora de referirse sobre el modo de edificar sus monasterios. De todas formas, a nuestro juicio, debieron de existir unas reglas no escritas, pero impresas en los mismos edificios que fueron sirviendo de pauta para los siguientes.

En otro lugar he recordado cómo, con motivo de la construcción del monasterio de El Escorial, el prior de los jerónimos, Juan Huete, se quejaba ante el secretario del rey del desconocimiento que el arquitecto tenía acerca de las necesidades del monasterio, y es que aunque Juan Bautista sea gran oficial como es y supiose él solo lo que todos los artífices romanos supieron, no podrá alcanzar las particulares cosas que en un monasterio son necesarias, recomendándole la visita de cinco o seis monasterios jerónimos porque cada orden tiene su manera de vivir y son muy diferentes y así lo son en el orden de sus edificios. Esta fricción se producía porque, contra lo habitual durante la Edad Media, el arquitecto no pertenecía a la propia orden y por lo tanto desconocía los usos que cualquier lego de la casa dominaba desde el día en que profesó.

El esquema del monasterio occidental, en sus rasgos básicos, está perfectamente definido por lo menos desde la época carolingia, de la que nos ha llegado un testimonio excepcional cual es la copia hecha en el siglo XII de un original dibujado hacia el año 825. Se trata de la conocida planta que el abad de Reichenau envió al del monasterio benedictino de San Gall (Suiza), en cuya biblioteca se conserva actualmente, acompañado de la siguiente carta: Te he mandado, queridísimo hijo Gozberto (abad de San Gall), esta representación del orden de los edificios con algunas cosas más, a fin de que puedas ejercitar tus competencias y reconocer la veneración que de todos modos tengo para ti. Espero que no me vas a considerar negligente en el cumplimiento de tus deseos.

No creas que haya preparado todo esto porque suponemos que tengáis necesidad de nuestras enseñanzas. Piensa más bien que sólo por amor de Dios lo he dibujado y te lo mando para que lo estudies en el respeto de la amistad fraterna de nuestra Orden. Vive en Cristo y acuérdate siempre de nosotros. Amén. Es decir, se trata de la correspondencia intercambiada con motivo del proyecto de un nuevo monasterio, capaz para noventa monjes, entre dos abades de la misma orden, donde se propone un esquema ideal y completísimo de lo que debería ser un monasterio. Sin duda, este esquema tiene a su vez antecedentes más lejanos, pero éstos resultan más difíciles de localizar.

Aquel monasterio benedictino ofrece una elaborada sistematización dentro de un esquema ortogonal donde cada una de las cincuenta y cinco dependencias tiene su lugar preciso. Se da allí un principio de simetría, no meramente formal, sino en el sentido clásico del término, por cuanto que cada parte guarda relación con las demás y éstas con el todo, tanto en orden a su proporción y dimensión como en los aspectos funcionales y de uso. En una palabra, un prodigio de traza que indica el altísimo grado de desarrollo en que se encontraba, ya en el siglo X, el ideal de un monasterio Desde entonces el monasterio como tipo arquitectónico fue conociendo las vicisitudes de la vida monástica y conventual en sus diferentes opciones a lo largo de la historia de la Iglesia, atravesando un periodo especialmente significativo entre los siglos XI y X.

Centenares de abadías y monasterios cubrieron Europa entera, sus monjes, especialmente benedictinos, cistercienses, cartujos y premonstratenses, se contaban por millares y las órdenes religiosas, además de las llamadas mayores, se multiplicaban de un modo tal que el IV Concilio de Letrán (1215) tuvo que salir al paso con un canon que dice textualmente: «A fin de que la excesiva diversidad de religiones (órdenes religiosas) no cause grave confusión en la Iglesia prohibimos que en adelante se instituya nueva religión (orden religiosa), sino que quien desee entrar religioso (monje) abrace una de las reglas aprobadas».

No obstante, a continuación se aprobaron otras muchas órdenes, como las de los dominicos, franciscanos, carmelitas, ermitaños de San Agustín, servitas, jerónimos y un largo etcétera que dejó en entredicho el canon lateranense. Al mismo tiempo estas órdenes se ramificaron, no sólo en su vertiente femenina sino captando a los seglares a través de la llamada Orden Tercera, a lo que hay que sumar las reformas surgidas en su propio seno, que dieron lugar a observancias y congregaciones distintas, de tal modo que la vida monástica, sólo en la Edad Media, se muestra como un tejido prieto y tupido.

Prácticamente todas las órdenes surgieron con el deseo de reformar la vida religiosa dentro de la Iglesia, como lo concibieron los benedictinos de Cluny, si bien el paso del tiempo fue relajando la vida en comunidad de esta orden y despertó en hombres más jóvenes el deseo de nuevas reformas para perfeccionar la propia reforma. Así a los cluniacenses sucedió el mayor rigor de los cistercienses, y a éstos la vida silenciosa y austera de los trapenses.

Efectivamente, la regla, sea cual fuere, se fue relajando y siempre surge un grupo más ascético y disciplinado que el anterior que planteaba en términos más crudos el abandono de este mundo y la vuelta a las fuentes incontaminadas de la vida monástica, como ocurrió con los cartujos, intentando conciliar la vida contemplativa con la activa, las ventajas del eremitismo con las de la vida cenobítica. Cada uno de estos pasos desencadenó una serie de matices que, de acuerdo con el espíritu de la época, dieron lugar a nuevas formas de vida religiosa como la que ofrecen las órdenes mendicantes, que se acercaron a la ciudad para predicar a los fieles después de muchos años de rural alejamiento. Todo ello tuvo una traducción arquitectónica en nuevos tipos de monasterios y conventos.

Pero cuando parece que ya está esbozado el cuadro general del monacato, las órdenes religiosas se implicaron a partir del siglo XII en cruzadas y conquistas, de tal modo que aquella analogía que con frecuencia aparece en los escritos de san Jerónimo entre el monje y el soldado, se hizo realidad en las órdenes militares compuestas por los milites Christi «soldados de Cristo», que nutrieron las órdenes de Alcántara, Calatrava, Montesa, Santiago y Templarios, en su doble condición de soldados y monjes que vivían conforme a una regla.

Así, la de Calatrava, por ejemplo, se incorporó definitivamente al Císter en 1187, afiliada a Morimond. Sus castillos fueron también conventos, o viceversa, como deja ver de modo irrefutable el de Calatrava en Ciudad Real, dando lugar a un capitulo aparte y muy específico dentro de la arquitectura cenobítica, pues allí pesa más el componente militar de su fortificación que el silencio del claustro monástico.

Esta página está dedicada tan sólo a aquella arquitectura que tiene el claustro como núcleo de la vida monástica, ese claustro que en su interpretación medieval, como la que hace Honorius Augustodunensis a comienzos del siglo xii, prefiguraba el Paraíso dentro del monasterio que es el Edén. Otros textos insisten en este simbolismo como el de Sicardo, obispo de Cremona, que a finales del mismo siglo XI dejó en su obra Mitrale esta bellísima imagen literaria cargada de ascetismo, haciéndola coincidir con la imagen real de un claustro románico: «En este claustro hay cuatro lados: el desprecio de sí mismo, el desprecio del mundo, el amor al prójimo y el amor a Dios. Cada uno de sus lados tiene una hilera de columnas, ya que el desprecio de sí mismo tiene como consecuencia la humillación de la mente, la aflicción de la carne, la humildad en la palabra y cosas semejantes. La basa de todas las columnas es la paciencia.

En el claustro, las diversas dependencias representan las diferentes virtudes: el hospital es la compasión del alma, la sala capitular es el secreto del corazón, el refectorio es el placer de la santa meditación, la despensa la Santa Escritura, el dormitorio la conciencia limpia, el oratorio la vida inmaculada, el huerto (del claustro) de árboles y plantas es el conjunto de las virtudes, el pozo de aguas vivas es el riego de los dones que mitigan la sed y la extinguirán completamente en el futuro.» No cabe mayor riqueza en el simbolismo expuesto de esta arquitectura parlante que daría lugar a más de un meditado y profundo sermón.

Se ha hecho aquí una selección de monasterios y conventos de diferentes órdenes destacando en cada caso, dentro de su particular biografía, aquellos aspectos más singulares en el empeño de ofrecer una sólida introducción a esa exquisita realidad en la que se conjugan arquitectura y vida monástica. Siendo aparentemente muy semejantes todos estos monasterios, son intrínsecamente diferentes, aunque sólo fuere por el lugar en que crecen, según recuerda el conocido dístico latino:

Bernardus valles, Benedictus amabat montes,
Oppida Franciscus, celebres Dominicus urbes.

Es decir, los cistercienses de san Bernardo buscaron amplios valles para sus fundaciones, mientras que los benedictinos preferían los montes, los franciscanos las poblaciones y los dominicos ciudades más importantes. Pese a la generalización hay mucho de verdad en ello y es la primera reflexión antes de llegar a cualquier monasterio, su relación con el paisaje, del que dependerá su futura vida en comunidad. Lo que Ortega y Gasset escribiera en un conocido ensayo sobre pedagogía del paisaje (1906) es de pertinente aplicación aquí: «Dime el paisaje en que vives y te diré quién eres».

Los mejores Monasterios de España

A continuación te ofrecemos una lista con los 19 mejores Monasterios que puedes visitar en España atendiendo a su orden religiosa.

Monasterios Benedictinos de España

San Juan de la Peña – Botaya (Huesca)
Santo Domingo de Silos – Santo Domingo de Silos (Burgos)
San Esteban de Ribas de Sil – Nogueira de Ramuín (Ourense)

Monasterios Cistercienses de España

Santa María de Poblet – Vimbodí (Tarragona)
Santa María de Huerta – Santa María de Huerta (Soria)
Santa María la Real de Las Huelgas – Burgos

Monasterios Cartujos de España

Cartuja de Miraflores – (Burgos)
Santa María de El Paular – Rascafría (Madrid)
Cartuja de Granada – (Granada)

Monasterios Premonstratenses de España

Santa María la Real – Aguilar de Campoo (Palencia)
Nuestra Señora de la Vid – La Vid y Barrios (Burgos)

Monasterios Franciscanos de España

San Juan de los Reyes – (Toledo)
Santa María de Pedralbes – (Barcelona)

Monasterios Dominicos de España

Santo Domingo – (Valencia)
Santo Tomás – (Ávila)
San Esteban – (Salamanca)

Monasterios Jerónimos de España

Santa María del Parral – (Segovia)
San Jerónimo de Yuste – Cuacos de Yuste (Cáceres)
Santa María de Guadalupe – Guadalupe (Cáceres)

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